La globalización permite la transferencia de
recursos financieros, tecnológicos y humanos a cualquier parte del planeta, lo
que no se puede transferir, son los yacimientos, que están donde Dios los
colocó, bien sean ellos, de hidrocarburos, mineros o cualquier otro, por lo
tanto se deben de trasladar, a donde se encuentren los operadores
correspondientes, en adición a los financieros, tecnológicos y humanos.
Tradicionalmente la explotación de los recursos naturales en los países, se han
manejado, según haya sido el criterio de la nacionalidad de origen. Así es el
caso de la corona española y de los países que por ellos fueron descubiertos,
en ellos la corona era propietaria de todo el subsuelo, y así fue entendido,
por el Libertador Simón Bolívar, quien ya lograda la independencia, mantuvo
para el Estado, lo que antes era propiedad de la corona española, este criterio
se repite no solo en los países libertados por Bolívar, sino también en todos
aquellos cuyos conquistadores, fueron las monarquías europeas, a excepción de
Estados Unidos de América, que al liberarse de la corona británica, no
transfirió los derechos del subsuelo de la corona a la nueva nación liberada,
sino que los transfirió a los propietarios del suelo.
Es decir quien es
propietario del suelo, lo es del subsuelo. Así es que todas las naciones que
mantienen la propiedad de los recursos del subsuelo en propiedad del Estado, su
explotación es mediante el otorgamiento de una concesión, obteniendo una
participación, así como una regalía por la extracción de sus productos. Algunos
países, observando la rentabilidad de los mismos, decidieron, dejar las
concesiones y constituir empresas estatales para su explotación. Aunque, las
empresas estatales, de diferente denominación, bien sean empresas básicas o
empresas nacionales, tengan un gran contenido nacionalista, y ventajas
políticas, su resultado económico, no es igual o mejor en rentabilidad que las
empresa privadas, y las excepciones son las alianzas entre los intereses
estatales y privados.

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